jueves, 6 de julio de 2017

Trump el impredecible, furioso ante la impredecibilidad norcoreana


El 4 de julio, coincidiendo con el Día de la Independencia de los Estados Unidos, el gobierno de la República Popular Democrática de Corea decidió nuevamente lanzar un misil balístico, esta vez de alcance intercontinental. Según expertos norteamericanos, el cohete, denominado Hwasong-14, pudiera alcanzar el estado de Alaska. Los medios oficiales norcoreanos, por su parte, afirman con orgullo que pudiera golpear a cualquier lugar del planeta.
Ante tamaña ofensa, fiel al estilo que ha impuesto para dirigir los rumbos de la principal potencia del planeta, el presidente Donald Trump rápidamente acudió a su Twitter y trinó: “Corea del Norte acaba de lanzar otro misil. ¿Este tipo no tiene nada mejor que hacer con su vida? Es difícil creer que Corea del Sur y Japón seguirán aguantando esto por mucho tiempo. ¡Quizás China tome una medida fuerte con Corea del Norte y ponga fin a este sinsentido de una vez por todas!”
Prefiero evitar cualquier opinión sobre este tipo de desahogo emocional ciberespacial. En cambio, sí me interesa hacer notar que la condena internacional al lanzamiento del misil norcoreano, liderada por los Estados Unidos y respaldada por un coro de autoridades de otros países y organismos internacionales, parecería basarse en el curioso criterio de que hay naciones que tienen el derecho de lanzar cohetes y bombas a diestra y siniestra, y otras que no, aunque el objetivo evidente sea evitar una agresión militar externa.
Con independencia de cualquier opinión que se pueda tener sobre Corea del Norte y las acciones desarrolladas por su gobierno, es preciso reconocer que sus dirigentes tienen una conciencia clara de la amenaza existencial que enfrentan por parte de los Estados Unidos, la superpotencia mundial, armada hasta los dientes y con una presencia militar masiva en la península coreana. Y la única que ha utilizado el arma atómica contra la población civil de otra nación, coincidentemente también asiática.
En tal sentido, las autoridades norcoreanas parecieran seguir a pie juntillas los consejos contenidos en los mejores manuales académicos sobre la política internacional, predominantemente norteamericanos. Las relaciones internacionales siguen siendo un sistema esencialmente anárquico, al no existir una autoridad mundial por encima de los Estados que pueda garantizar o imponer la paz y la seguridad internacionales de manera imparcial. Por tanto, la seguridad y la defensa de una nación solo puede garantizarse mediante recursos y esfuerzos propios, principalmente en el ámbito militar, o mediante alianzas externas de verdad, con compromiso militar (no las llamadas “alianzas estratégicas” sobre el papel que abundan hoy alrededor del mundo).
Imagino un tweet de Kim Jong-un dirigido a Donald Trump: “Remember Libya and Iraq? I really do”.

jueves, 11 de mayo de 2017

La disyuntiva de América Latina y el Caribe: unidad o postración.


Vivimos una época caracterizada por la aceleración de los cambios económicos, sociales y políticos a nivel global, en la que asombrosos y prometedores avances científicos y tecnológicos coexisten con una desigualdad indignante y la permanente amenaza del fin de la vida civilizada en el planeta, ya sea como resultado de un súbito apocalipsis nuclear o de un gradual pero inexorable cambio climático con efectos catastróficos y cuya existencia es cada vez más innegable.
Las nuevas tecnologías y los medios de comunicación pueden servir tanto para empoderar como para someter más a los pueblos y a los individuos. Vastas porciones de la población latinoamericana y caribeña, carentes de una adecuada educación que promueva el pensamiento dignificante y emancipador, son víctimas cotidianas del totalitarismo mediático alienante y promotor de un modo de vista materialista y hedonista a ultranza.
Pese a los significativos avances alcanzados por los gobiernos revolucionarios y reformistas antineoliberales durante las dos últimas décadas, América Latina y el Caribe sigue siendo la región más desigual del mundo y la pobreza sobrepasa bochornosamente los 175 millones de habitantes. La reciente involución en esta materia es notoria en países de gran peso a nivel continental. Una gran mayoría de la población latinoamericana y caribeña tampoco puede ejercer el derecho básico de acceder a servicios de salud integrales y de calidad.
El orden internacional basado en una sola superpotencia parecería estar dando paso a una configuración más amplia y diversificada de centros de poder. Este proceso de restructuración del poder mundial agudiza las contradicciones y las disputas entre las principales potencias, conformando un contexto que presenta tanto oportunidades como renovadas amenazas para nuestra región, pero los países latinoamericanos y caribeños son más espectadores que actores en este reordenamiento del sistema de relaciones internacionales, dadas sus graves limitaciones en los más diversos recursos de poder nacional.
A corto y mediano plazos, los Estados Unidos seguirán siendo la única nación con capacidad para desplegar su poderío de manera efectiva a escala global y de manera multidimensional. A su superioridad militar suman una supremacía sin paralelo en los ámbitos ideológico y cultural que representa un bastión fundamental y cada vez más importante para el sostenimiento, la reproducción y la recreación de su hegemonía sobre los países de América Latina y el Caribe. En todas las corrientes de pensamiento existentes dentro del establishment de política exterior de los Estados Unidos se considera como indispensable y se da por sentado el mantenimiento de la hegemonía de ese país en el continente americano.
La intensificación de las relaciones con potencias extracontinentales es de gran importancia estratégica en sí misma y contribuye a contrarrestar y erosionar gradualmente dicha hegemonía que se pretende perpetuar y que ya ha durado demasiado. No obstante, es preciso tener conciencia de que esos nexos, en situaciones límites, no constituirán una garantía frente a la agresión imperial. Para los Estados Unidos, América Latina y el Caribe es y seguirá siendo su “patio trasero”. En cambio, para otras grandes potencias en ascenso, nuestra región es muy importante, pero no representa una zona geográfica vital. La seguridad de los países latinoamericanos y caribeños solo puede garantizarse con sistemas de defensa nacional multidimensionales, asimétricos y con un profundo arraigo popular.
Los gobiernos populares de la región enfrentan la renovada agresión de los enemigos de siempre de la justicia social: el imperialismo y las oligarquías criollas cada vez más divorciadas de cualquier proyecto nacional o de alcance latinoamericano.
La situación anteriormente descrita plantea, como nunca antes, la necesidad de que las fuerzas políticas y sociales patrióticas y antihegemónicas de América Latina y el Caribe emprendan un proceso acelerado de unión emancipadora, estableciendo como una meta estratégica explícita la unificación política y la constitución de un polo de poder internacional propio. La actual coyuntura internacional y su probable evolución en las próximas décadas demandan que los esfuerzos unitarios pasen decididamente de lo declarativo a las acciones concretas.
La constitución de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) fue posible gracias a la coincidencia temporal de una pléyade de líderes extraordinarios al frente de una masa crítica de gobiernos de nuestra región. Como tal, representa un espacio multilateral que debe ser defendido y fortalecido, y que pudiera ser el germen de una construcción institucional unitaria mucho más ambiciosa, que fomente el establecimiento de relaciones estratégicas de mutuo beneficio y en pie de igualdad con el resto del mundo.
El Sistema Interamericano, con su núcleo en la infame Organización de Estados Americanos (OEA), es incompatible con el proceso de unidad regional y tendría que ser reconstituido desde sus cimientos. Si bien está en el interés de América Latina y el Caribe contar con un régimen jurídico-institucional multilateral que en alguna medida contribuya a contrarrestar la propensión de los Estados Unidos a actuar de manera unilateral y violentando el derecho internacional, dicho marco regulatorio tendría que ser reconstituido sobre bases radicalmente diferentes y respetuosas de la soberanía de los países latinoamericanos y caribeños, así como no tener su sede en Washington.
Por su parte, corresponde a la Alianza Bolivariana para las Pueblos de Nuestra América-Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP) profundizar su actuación como la punta de lanza de la unidad latinoamericana y caribeña, avanzando al máximo en la medida de las posibilidades de sus Estados miembros y logrando resultados que sirvan de ejemplo e incentivo al resto de los pueblos de la región.
Se requiere así de un proceso unificador que se apoye en el acervo de esfuerzos concertacionistas e integracionistas construidos hasta el presente y en el trabajo de los expertos técnicos comprometidos políticamente con la unidad regional, pero libre de visiones y vicios tecnocráticos que solo retardarían los avances y resultados que los pueblos latinoamericanos y caribeños demandan, cada vez con más urgencia.
De esta manera, el proceso unitario debería convertirse en el eje movilizador para acometer proyectos y acciones concretas en los ámbitos económico, social, político y cultural con la finalidad de construir una gran nación latinoamericana y caribeña respetada por el resto del mundo, con un Estado de nuevo tipo -que ya se vislumbra en algunas de nuestras naciones- firmemente apoyado en el conjunto de las fuerzas políticas y sociales patrióticas de la región, defensor de la soberanía, articulador del desarrollo económico con justicia social, protector de los recursos naturales y de la sostenibilidad ambiental, y promotor permanente de la fortaleza cultural y de la profundización del poder popular como garantías de defensa últimas frente a la agresión imperialista y de sus aliados oligárquicos. Solo de esa manera se podrá impedir la consumación del designio hegemónico de la élite gobernante estadounidense.
Por separado, los Estados latinoamericanos y caribeños estarán condenados a la irrelevancia y el sometimiento en un mundo cada vez más dominado por potencias gigantes armadas hasta los dientes y sedientas de esferas de influencia y recursos naturales. Es la hora de abrir, definitivamente, la época del supranacionalismo y de la constitución de un polo de poder propio en América Latina y el Caribe, por el bien de nuestros pueblos y del equilibrio del mundo. Iniciemos la “época dichosa de nuestra regeneración” con la que soñaba Bolívar en su Carta de Jamaica.



lunes, 28 de noviembre de 2016

Fidel, Trump y el liderazgo político



El fallecimiento de Fidel Castro es un colofón dramático de uno de los rasgos más notables de la política mundial durante los últimos años: la escasez de líderes capaces de motivar y movilizar a millones de personas, extrayendo de ellas actitudes solidarias para lograr hazañas colectivas. Fue precisamente eso lo que logró Fidel con la campaña masiva que eliminó el analfabetismo en Cuba, con la fulminante victoria en Playa Girón y con la solitaria resistencia del proceso revolucionario cubano durante la década de los noventa del pasado siglo, cuando los socialismos oficiales del este europeo se desmoronaron, por solo mencionar tres ejemplos.
Se trata de una crisis de liderazgo de alcance mundial. En ese contexto, hasta fecha reciente, América Latina fue una región excepcionalmente privilegiada. Junto a la resistencia de Cuba, la sucesiva ascensión al gobierno de los movimientos políticos encabezados por Hugo Chávez, Luiz Inácio Lula da Silva, Néstor Kirchner, Tabaré Vázquez, Evo Morales, Rafael Correa y Daniel Ortega permitió lograr innegables avances económicos, sociales y políticos en los países beneficiados por esta onda antineoliberal, alcanzando así la democracia y los derechos humanos niveles sin precedentes históricos en esta zona geográfica, que en estos momentos corren el riesgo de ser revertidos.
La falta de líderes políticos inspiradores es particularmente aguda en los Estados Unidos y Europa occidental. Dejando de lado cualquier preferencia política o ideológica, cabría preguntarse dónde están los Franklin D. Roosevelt, los Winston Churchill y los Charles de Gaulle contemporáneos que permitan apreciar la abismal diferencia existente entre los verdaderos estadistas y los meros administradores tecnócratas, fríos e insípidos, que proliferan lo largo y ancho del planeta.
El caso de los Estados Unidos merece una consideración especial. Tal vez Barack Obama sea el mejor presidente que el sistema político norteamericano es capaz de producir en la actualidad. Su decisión de cambiar la política hacia Cuba requirió de mucho coraje político y, posiblemente, representó el punto más alto de su presidencia. De manera general, sin embargo, su gestión gubernamental no satisfizo las enormes esperanzas de gran parte de los motivados votantes que lo condujeron a la presidencia. Como decía Fidel -según ha contado Cristina Fernández de Kirchner en un excelente artículo-, el gobierno de los Estados Unidos es un sistema, no un presidente.
Ahora, con Donald Trump, somos testigos estupefactos del ascenso a la presidencia de la principal potencia mundial de un personaje impresentable, cargado de todos los atributos que no debería tener ningún verdadero líder político. De hecho, tal parece la encarnación perfecta del antilíder.
Con la absoluta bajeza moral que lo caracteriza y de una manera despreciable, Trump ha arremetido contra la figura de Fidel en ocasión de su fallecimiento. La coincidencia temporal del deceso de Fidel con el proceso de asunción presidencial de Trump es como una jugarreta del destino indicativa de cuán bajo puede caer la calidad de los líderes políticos en tiempos de exaltación del materialismo consumista y la frivolidad.
Sin embargo, incluso en una coyuntura tan oscura, puede haber espacio para el optimismo. Es muy probable que, más temprano que tarde, si Trump intentara implementar en la práctica varias de sus promesas electorales, estará cavando su propia tumba política. Muy rápidamente constatará que las duras realidades de la conducción gubernamental serán impermeables a su temperamento de multimillonario caprichoso, y siempre llevará la pesada carga de ilegitimidad derivada del hecho de haber llegado a la presidencia sin el respaldo del voto popular. Por otra parte, debe tenerse en cuenta que los Estados Unidos son una sociedad compleja, diversa y en evolución, con potencial para generar resistencias y contrapesos frente a fuerzas extremistas de manera relativamente rápida. La movilización de la derecha más cavernaria que ha hecho posible la victoria de Trump coexiste con un indudable ascenso de movimientos progresistas, sobre todo entre los jóvenes, que impulsaron de manera entusiasta la candidatura de Bernie Sanders, un veterano político autodefinido como socialista, y que no se sintieron representados con Hillary Clinton.
Así, terminada la temporada de retórica chocante y de fuegos artificiales, Donald Trump tendrá cuatro años para demostrar a qué vino. Mientras tanto, y por siempre, Fidel Castro será extrañado, incluso por sus más acérrimos enemigos, aunque no quieran confesarlo.