viernes, 1 de junio de 2018

La política de los Estados Unidos hacia Cuba durante el gobierno de Trump



La política de los Estados Unidos hacia Cuba durante el gobierno de Trump[1]
Roberto M. Yepe[2]
Desde inicios de la década de los años sesenta del siglo pasado, el núcleo central de la política de los Estados Unidos hacia Cuba ha sido un bloqueo económico, comercial y financiero que, por su alcance y duración, no parece tener precedentes en la política estadounidense hacia ninguna otra nación del mundo. En esencia, se ha tratado de una guerra económica permanente. El objetivo confeso de esta política es hacer la vida de los cubanos lo más miserable posible y, por esa vía, destruir el sistema económico, social y político erigido en Cuba a partir de 1959 para asegurar la plena independencia, la soberanía y el mayor grado posible de justicia social.
Sin embargo, en su determinación de poner fin al proceso revolucionario cubano, el gobierno estadounidense no se ha limitado al bloqueo. Se ha valido además de una  panoplia de instrumentos y acciones agresivas y hostiles muy amplia, que ha incluido la organización de una invasión mercenaria, el terrorismo de Estado (lo que el propio gobierno estadounidense concibe como State Sponsors of Terrorism, para designar a otros países), los atentados contra dirigentes políticos cubanos y la amenaza –con altas y bajas según la coyuntura internacional, pero siempre latente- de una acción militar directa y masiva como posible respuesta a las más disímiles causas que eventualmente pudieran utilizarse como pretextos.
El 17 de diciembre de 2014, el presidente Barack Obama anunció un cambio de política como resultado de negociaciones desarrolladas con el gobierno cubano, consistente en el restablecimiento de relaciones diplomáticas y el inicio de un proceso de normalización de relaciones. Este giro incluyó la revocación de la siempre injustificada designación de Cuba como un Estado patrocinador del terrorismo (una decisión de la mayor relevancia para la seguridad nacional cubana) y propició un significativo incremento de los viajes de ciudadanos estadounidenses a Cuba, así como de los intercambios y de las interacciones cooperativas entre los gobiernos y las sociedades de ambos países en los más diversos sectores. Durante el corto período de un poco más de dos años que restaban al gobierno demócrata, en cinco ocasiones los departamentos del Tesoro y de Comercio adoptaron medidas flexibilizadoras del bloqueo en cuestiones relativas a los viajes, las remesas, el comercio, las telecomunicaciones y los servicios financieros (Sullivan, 2018).
En un balance histórico, el cambio positivo que significó la política desarrollada por el gobierno de Obama desde diciembre de 2014 no debería ser subestimado, al margen de cualquier discusión sobre sus motivaciones y objetivos políticos finales. La mejor demostración de eso son las acciones y la postura actual del gobierno de Trump hacia Cuba. El hecho de que, como lo hizo Obama, un presidente estadounidense haya abogado por la eliminación incondicional del bloqueo (que requiere la aprobación congresional), así como que haya proclamado solemnemente en una directiva presidencial que la política hacia Cuba no buscaría imponer un cambio de régimen y que corresponde al pueblo cubano tomar sus propias decisiones sobre su futuro, no tiene precedentes históricos, al menos en el período posterior a 1959. Aunque se tratara de hechos declarativos, sin duda constituyeron posicionamientos de gran trascendencia simbólica que, en términos prácticos, creaban una restricción político-moral sobre el comportamiento de los órganos y agentes ejecutores de la política hacia Cuba. Estos importantes avances se han perdido con el gobierno de Trump, que ha modificado de una manera muy negativa su relación con el gobierno cubano. En pocas palabras, con el gobierno de Trump se ha restaurado la política de mantenimiento del bloqueo y de cambio de régimen en Cuba, la cual no puede tener otra respuesta que la exigencia del más irrestricto respeto a la soberanía cubana que, vale recordar, es un imperativo constitucional[3].
En el mes de junio de 2017, el presidente Donald Trump anunció una nueva política para congelar y revertir parcialmente el proceso de normalización de relaciones. Pero, más allá del contenido y el alcance de las medidas concretas adoptadas, quizás lo más importante fue la manera en la que se orquestó este anuncio, en un teatro miamense convertido en una especie de circo romano para reoxigenar a los sectores más cavernarios, batistianos y revanchistas de la emigración cubana y de la derecha estadounidense anticubana, los cuales habían visto cerrarse su acceso a la Casa Blanca y que parecían haber perdido gran parte de su capital político durante el gobierno de Obama. Se trató de un espectáculo insultante para la gran mayoría de los cubanos, que consagró la postura y el estilo adoptados por Trump contra Cuba desde su etapa final como candidato, en septiembre de 2016, mediante una metamorfosis camaleónica, reafirmada poco después de su elección mediante un repudiable tweet en ocasión del fallecimiento de Fidel Castro.
Desde el punto de vista práctico, la nueva política anunciada por Trump incluye, entre sus aspectos más significativos, un conjunto de regulaciones destinadas a perjudicar la economía cubana, como la prohibición de transacciones con compañías vinculadas a instituciones militares cubanas, según un listado emitido por el Departamento de Estado, y el incremento de las restricciones a los viajes de ciudadanos estadounidenses a Cuba.
Pero lo más importante se produjo después, en el terreno político-diplomático. En lo que fue presentado como una respuesta a supuestos “ataques acústicos” que habrían afectado la salud de algunos miembros de su personal en la Embajada de los Estados Unidos en La Habana, el Departamento de Estado ordenó la retirada de una buena parte de dicho personal y expulsó a 15 funcionarios de la Embajada cubana en Washington, a pesar de que oficialmente al gobierno estadounidense no le ha quedado más alternativa que reconocer que no posee ninguna evidencia sobre algún tipo de responsabilidad del gobierno cubano por los supuestos hechos. Estas injustificadas medidas de represalia son coherentes con el objetivo principal de congelar y revertir en toda la medida posible el proceso de normalización de las relaciones bilaterales, barriendo así con cualquier impronta o legado del gobierno de Obama, lo que es un rasgo compulsivo del gobierno de Trump, de manera general, tanto en el plano de la política doméstica como de la política exterior. Por otra parte, estas acciones hacen más cercana una eventual decisión de romper las relaciones diplomáticas y propiciar así un proceso de escalamiento en el nivel de agresividad contra Cuba.
De otro lado, esta situación ha autilimitado severamente la labor político-diplomática y la capacidad de influencia de la Embajada estadounidense en Cuba, en una especie de tiro en el pie para sus servicios de inteligencia. Tal vez eso haya motivado que el flamante secretario de Estado, Mike Pompeo, con su experiencia inmediata precedente como jefe de la CIA, señalara en su audiencia de confirmación congresional la intención de restablecer el personal diplomático en La Habana, lo cual quedaría por verificarse.
Por otra parte, al adoptar estas medidas, el gobierno de los estadounidense carga con toda la responsabilidad por el severo daño causado a los servicios consulares requeridos por las personas que desean viajar a los Estados Unidos desde Cuba, aunque es preciso reconocer que la creación de obstáculos de todo tipo para que ciudadanos latinoamericanos y con tez más o menos oscura viajen hacia ese país es algo que se ajusta perfectamente a las preferencias y las concepciones marcadamente xenófobas y racistas del presidente Trump.
La actual configuración del gobierno estadounidense, en cuanto a las figuras que ocupan puestos claves de alto nivel y que podrían tener una particular incidencia en la formulación y la ejecución de la política hacia Cuba, es bastante desoladora. En el caso del propio Donald Trump, su camaleonismo político carente de cualquier ideología estructurada y principista, así como su vocación para los negocios, no parecerían ser per se obstáculos para un eventual reencauzamiento de la relación bilateral en un sentido pragmático favorable a los intereses nacionales de ambos países. Los problemas mayores están detrás o por debajo de Trump, personificados sobre todo en el vicepresidente Mike Pence; el Asesor de Seguridad Nacional, John Bolton; el Secretario de Estado, Mike Pompeo; y la Embajadora en la ONU, Nikki Haley; por no mencionar a otro conjunto de funcionarios de menor nivel de la Casa Blanca y otros departamentos y agencias con muy negativos antecedentes en la política de los Estados Unidos hacia América Latina y el Caribe, en general, y hacia Cuba, en particular.
Aunque formalmente fuera del poder ejecutivo, opera otro actor clave y quizás hasta ahora el más influyente en la política hacia Cuba, el senador Marco Rubio, secundado por otros congresistas anticubanos. Aprovechando la visión transaccional del mundo que tiene el actual presidente estadounidense, el senador floridano ha tenido un éxito indudable en “secuestrar” la política hacia Cuba a cambio de un comportamiento favorable o condescendiente hacia Trump desde su posición como miembro del Comité de Inteligencia del Senado, en las investigaciones que acosan al presidente desde el mismo inicio de su mandato. Rubio tuvo un protagonismo indiscutido, reconocido explícitamente por la Casa Blanca, en la reformulación de la política anunciada en junio del pasado año. En fecha más reciente, se dio el lujo de vetar un seminario organizado por la unidad de investigación y análisis de inteligencia del Departamento de Estado, porque habían sido convocados expertos que cuestionan la actual política, situación que ha causado consternación en la comunidad académica estadounidense. Sin embargo, parecería claro que Rubio no ha logrado obtener una buena parte de lo que pudiera ser su lista de deseos contra Cuba, cuya meta final sería retrotraer la relación bilateral a la situación anterior al 17 de diciembre de 2014, agudizar el conflicto y catalizar un escenario catastrófico para la relación entre los dos países. Por ejemplo, seguramente Rubio ha insistido en colocar a Cuba nuevamente en el listado de naciones patrocinadoras del terrorismo y romper las relaciones diplomáticas.
De las consideraciones anteriores se desprenden dos conclusiones principales.
Por el lado negativo, el hecho de que hoy no estemos en el peor escenario concebible implica que existe un espacio para el ulterior incremento de la agresividad de la política estadounidense hacia Cuba y, consecuentemente, para un empeoramiento de las relaciones bilaterales. El nivel de probabilidad de ocurrencia de este escenario ha aumentado con la designación de John Bolton como Asesor de Seguridad Nacional, un halcón neoconservador que en un pasado no lejano acusó calumniosamente a Cuba de estar fabricando armas de destrucción masiva. La esperanza aquí, a partir de la tradición ya establecida en el funcionamiento del gabinete de Trump, es que Bolton dure poco en el cargo.
Por el lado más alentador, el hecho de que no se haya producido hasta ahora el peor escenario, indica que existen poderosos factores y fuerzas económicas, sociales y políticas operando para obstaculizar e impedir un mayor deterioro de las relaciones bilaterales. Se trata de factores y fuerzas que actúan tanto desde la sociedad como desde las propias estructuras y órganos gubernamentales estadounidenses, conformando una situación más favorable que la existente con anterioridad a la breve “primavera” de Obama con Cuba. Por ejemplo, seguramente en la Cámara de Comercio de los Estados Unidos no están muy contentos con la actual situación. Los intereses económicos de los sectores agrícolas y de viajes han sido particularmente afectados. La emigración cubana interesada en una relación normal con su país de origen, que es una porción mayoritaria y cada vez más amplia, en determinado momento podría llegar a tener una mayor y mejor expresión en el plano político. Ya desde el gobierno, en los órganos especializados en temas de seguridad, inteligencia y aplicación de la ley, que seguramente constituyeron un estamento clave para dar luz verde a la entonces nueva política anunciada en diciembre de 2014, no deben considerar que sea conveniente el actual curso de la política hacia Cuba, en un momento de renovación generacional de la dirigencia política cubana y en una coyuntura regional y mundial signada por el incremento de la actividad criminal transnacional y el aumento de la rivalidad geopolítica entre las grandes potencias.
Por último, cabe apuntar que la relación entre los Estados Unidos y Cuba es ciertamente asimétrica, pero no es unidireccional. Cuba tiene su poder “blando” e “inteligente” hacia la sociedad estadounidense en los más diversos sectores, como la ciencia y la tecnología, la salud, el deporte y la cultura, como se ha demostrado fehacientemente en las espléndidas jornadas culturales realizadas en días recientes en el Kennedy Center de la ciudad de Washington.
En la actual coyuntura, frente a las inaceptables exigencias injerencistas del gobierno estadounidense, posiblemente el factor que de manera más efectiva podría inducir un cambio positivo en la política hacia Cuba se encuentra del lado cubano. Se trata del grado de éxito que puedan tener sus autoridades en la solución de los problemas económicos del país, lo cual pasa necesariamente por la diversificación, la intensificación y la aceleración de sus relaciones económicas internacionales –en especial la captación de inversión extranjera-, recreando así un proyecto de nación con desarrollo y justicia social que siga siendo atractivo para la gran mayoría de la población cubana, sobre todo su componente más joven. Por supuesto, todo esto se dificulta enormemente por los efectos del bloqueo estadounidense.
Los Estados Unidos son muy poderosos, pero no son omnipotentes. Además, constituyen una sociedad altamente compleja y diversa en la que interactúan fuerzas e intereses contrapuestos que requieren ser identificados y aprovechados en función de incidir a favor de la mejor relación bilateral posible, como vecinos geográficos inmediatos. Por eso, los que desde una posición u otra participamos o tratamos de influir de alguna manera en la conformación de esa relación bilateral, deberíamos evitar ser prisioneros de visiones deterministas y fatalistas, y desconfiar por definición de los anuncios sobre la “irreversibilidad” de cualquier proceso sociopolítico. De esta manera, suscribimos lo dicho recientemente por el nuevo presidente cubano al recibir e intercambiar con la delegación cultural que fue a la ciudad de Washington:
“Cuando por un lado hay un empeño en hacer retroceder el proceso de restablecimiento de relaciones con el cual queríamos avanzar hacia una normalización de relaciones, quedan puntos de contacto y hay una voluntad de que si hay respeto y si hay igualdad podemos seguir avanzando en esa construcción. Yo no creo que sea eterna la posición que hay en estos momentos y cosas como las que ustedes asentaron en Washington (…) pueden abrir caminos. Y yo creo que todos ustedes demostraron, además del talento, el compromiso, y demostraron que a Cuba hay que respetarla.”[4]

 

Referencias:

Sullivan, M. P. (2018). Cuba: U.S. Policy in the 115th Congress.Congressional Research Service.




[1] Ponencia presentada el 31 de mayo de 2018 en el seminario “El vecino compartido: las relaciones de Cuba y México con Estados Unidos”, organizado por el Instituto Superior de Relaciones Internacionales “Raúl Roa García” (ISRI) de Cuba y el Colegio de México.

[2] Profesor del ISRI y coordinador académico de la Red Cubana de Investigaciones sobre Relaciones Internacionales (RedInt).

[3]“(…) Las relaciones económicas, diplomáticas y políticas con cualquier otro Estado no podrán ser jamás negociadas bajo agresión, amenaza o coerción de una potencia extranjera.” (Artículo 11 de la Constitución de la República de Cuba)

[4]Declaraciones en el encuentro con los artistas participantes en la cumbre de los Pueblos, realizada en Perú, y en el Festival de las Artes de Cuba, realizado en el Kennedy Center de Washington, D.C. (fragmento transmitido en el Noticiero de la Televisión Cubana, el 23 de mayo de 2018)

jueves, 6 de julio de 2017

Trump el impredecible, furioso ante la impredecibilidad norcoreana


El 4 de julio, coincidiendo con el Día de la Independencia de los Estados Unidos, el gobierno de la República Popular Democrática de Corea decidió nuevamente lanzar un misil balístico, esta vez de alcance intercontinental. Según expertos norteamericanos, el cohete, denominado Hwasong-14, pudiera alcanzar el estado de Alaska. Los medios oficiales norcoreanos, por su parte, afirman con orgullo que pudiera golpear a cualquier lugar del planeta.
Ante tamaña ofensa, fiel al estilo que ha impuesto para dirigir los rumbos de la principal potencia del planeta, el presidente Donald Trump rápidamente acudió a su Twitter y trinó: “Corea del Norte acaba de lanzar otro misil. ¿Este tipo no tiene nada mejor que hacer con su vida? Es difícil creer que Corea del Sur y Japón seguirán aguantando esto por mucho tiempo. ¡Quizás China tome una medida fuerte con Corea del Norte y ponga fin a este sinsentido de una vez por todas!”
Prefiero evitar cualquier opinión sobre este tipo de desahogo emocional ciberespacial. En cambio, sí me interesa hacer notar que la condena internacional al lanzamiento del misil norcoreano, liderada por los Estados Unidos y respaldada por un coro de autoridades de otros países y organismos internacionales, parecería basarse en el curioso criterio de que hay naciones que tienen el derecho de lanzar cohetes y bombas a diestra y siniestra, y otras que no, aunque el objetivo evidente sea evitar una agresión militar externa.
Con independencia de cualquier opinión que se pueda tener sobre Corea del Norte y las acciones desarrolladas por su gobierno, es preciso reconocer que sus dirigentes tienen una conciencia clara de la amenaza existencial que enfrentan por parte de los Estados Unidos, la superpotencia mundial, armada hasta los dientes y con una presencia militar masiva en la península coreana. Y la única que ha utilizado el arma atómica contra la población civil de otra nación, coincidentemente también asiática.
En tal sentido, las autoridades norcoreanas parecieran seguir a pie juntillas los consejos contenidos en los mejores manuales académicos sobre la política internacional, predominantemente norteamericanos. Las relaciones internacionales siguen siendo un sistema esencialmente anárquico, al no existir una autoridad mundial por encima de los Estados que pueda garantizar o imponer la paz y la seguridad internacionales de manera imparcial. Por tanto, la seguridad y la defensa de una nación solo puede garantizarse mediante recursos y esfuerzos propios, principalmente en el ámbito militar, o mediante alianzas externas de verdad, con compromiso militar (no las llamadas “alianzas estratégicas” sobre el papel que abundan hoy alrededor del mundo).
Imagino un tweet de Kim Jong-un dirigido a Donald Trump: “Remember Libya and Iraq? I really do”.

jueves, 11 de mayo de 2017

La disyuntiva de América Latina y el Caribe: unidad o postración.


Vivimos una época caracterizada por la aceleración de los cambios económicos, sociales y políticos a nivel global, en la que asombrosos y prometedores avances científicos y tecnológicos coexisten con una desigualdad indignante y la permanente amenaza del fin de la vida civilizada en el planeta, ya sea como resultado de un súbito apocalipsis nuclear o de un gradual pero inexorable cambio climático con efectos catastróficos y cuya existencia es cada vez más innegable.
Las nuevas tecnologías y los medios de comunicación pueden servir tanto para empoderar como para someter más a los pueblos y a los individuos. Vastas porciones de la población latinoamericana y caribeña, carentes de una adecuada educación que promueva el pensamiento dignificante y emancipador, son víctimas cotidianas del totalitarismo mediático alienante y promotor de un modo de vista materialista y hedonista a ultranza.
Pese a los significativos avances alcanzados por los gobiernos revolucionarios y reformistas antineoliberales durante las dos últimas décadas, América Latina y el Caribe sigue siendo la región más desigual del mundo y la pobreza sobrepasa bochornosamente los 175 millones de habitantes. La reciente involución en esta materia es notoria en países de gran peso a nivel continental. Una gran mayoría de la población latinoamericana y caribeña tampoco puede ejercer el derecho básico de acceder a servicios de salud integrales y de calidad.
El orden internacional basado en una sola superpotencia parecería estar dando paso a una configuración más amplia y diversificada de centros de poder. Este proceso de restructuración del poder mundial agudiza las contradicciones y las disputas entre las principales potencias, conformando un contexto que presenta tanto oportunidades como renovadas amenazas para nuestra región, pero los países latinoamericanos y caribeños son más espectadores que actores en este reordenamiento del sistema de relaciones internacionales, dadas sus graves limitaciones en los más diversos recursos de poder nacional.
A corto y mediano plazos, los Estados Unidos seguirán siendo la única nación con capacidad para desplegar su poderío de manera efectiva a escala global y de manera multidimensional. A su superioridad militar suman una supremacía sin paralelo en los ámbitos ideológico y cultural que representa un bastión fundamental y cada vez más importante para el sostenimiento, la reproducción y la recreación de su hegemonía sobre los países de América Latina y el Caribe. En todas las corrientes de pensamiento existentes dentro del establishment de política exterior de los Estados Unidos se considera como indispensable y se da por sentado el mantenimiento de la hegemonía de ese país en el continente americano.
La intensificación de las relaciones con potencias extracontinentales es de gran importancia estratégica en sí misma y contribuye a contrarrestar y erosionar gradualmente dicha hegemonía que se pretende perpetuar y que ya ha durado demasiado. No obstante, es preciso tener conciencia de que esos nexos, en situaciones límites, no constituirán una garantía frente a la agresión imperial. Para los Estados Unidos, América Latina y el Caribe es y seguirá siendo su “patio trasero”. En cambio, para otras grandes potencias en ascenso, nuestra región es muy importante, pero no representa una zona geográfica vital. La seguridad de los países latinoamericanos y caribeños solo puede garantizarse con sistemas de defensa nacional multidimensionales, asimétricos y con un profundo arraigo popular.
Los gobiernos populares de la región enfrentan la renovada agresión de los enemigos de siempre de la justicia social: el imperialismo y las oligarquías criollas cada vez más divorciadas de cualquier proyecto nacional o de alcance latinoamericano.
La situación anteriormente descrita plantea, como nunca antes, la necesidad de que las fuerzas políticas y sociales patrióticas y antihegemónicas de América Latina y el Caribe emprendan un proceso acelerado de unión emancipadora, estableciendo como una meta estratégica explícita la unificación política y la constitución de un polo de poder internacional propio. La actual coyuntura internacional y su probable evolución en las próximas décadas demandan que los esfuerzos unitarios pasen decididamente de lo declarativo a las acciones concretas.
La constitución de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) fue posible gracias a la coincidencia temporal de una pléyade de líderes extraordinarios al frente de una masa crítica de gobiernos de nuestra región. Como tal, representa un espacio multilateral que debe ser defendido y fortalecido, y que pudiera ser el germen de una construcción institucional unitaria mucho más ambiciosa, que fomente el establecimiento de relaciones estratégicas de mutuo beneficio y en pie de igualdad con el resto del mundo.
El Sistema Interamericano, con su núcleo en la infame Organización de Estados Americanos (OEA), es incompatible con el proceso de unidad regional y tendría que ser reconstituido desde sus cimientos. Si bien está en el interés de América Latina y el Caribe contar con un régimen jurídico-institucional multilateral que en alguna medida contribuya a contrarrestar la propensión de los Estados Unidos a actuar de manera unilateral y violentando el derecho internacional, dicho marco regulatorio tendría que ser reconstituido sobre bases radicalmente diferentes y respetuosas de la soberanía de los países latinoamericanos y caribeños, así como no tener su sede en Washington.
Por su parte, corresponde a la Alianza Bolivariana para las Pueblos de Nuestra América-Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP) profundizar su actuación como la punta de lanza de la unidad latinoamericana y caribeña, avanzando al máximo en la medida de las posibilidades de sus Estados miembros y logrando resultados que sirvan de ejemplo e incentivo al resto de los pueblos de la región.
Se requiere así de un proceso unificador que se apoye en el acervo de esfuerzos concertacionistas e integracionistas construidos hasta el presente y en el trabajo de los expertos técnicos comprometidos políticamente con la unidad regional, pero libre de visiones y vicios tecnocráticos que solo retardarían los avances y resultados que los pueblos latinoamericanos y caribeños demandan, cada vez con más urgencia.
De esta manera, el proceso unitario debería convertirse en el eje movilizador para acometer proyectos y acciones concretas en los ámbitos económico, social, político y cultural con la finalidad de construir una gran nación latinoamericana y caribeña respetada por el resto del mundo, con un Estado de nuevo tipo -que ya se vislumbra en algunas de nuestras naciones- firmemente apoyado en el conjunto de las fuerzas políticas y sociales patrióticas de la región, defensor de la soberanía, articulador del desarrollo económico con justicia social, protector de los recursos naturales y de la sostenibilidad ambiental, y promotor permanente de la fortaleza cultural y de la profundización del poder popular como garantías de defensa últimas frente a la agresión imperialista y de sus aliados oligárquicos. Solo de esa manera se podrá impedir la consumación del designio hegemónico de la élite gobernante estadounidense.
Por separado, los Estados latinoamericanos y caribeños estarán condenados a la irrelevancia y el sometimiento en un mundo cada vez más dominado por potencias gigantes armadas hasta los dientes y sedientas de esferas de influencia y recursos naturales. Es la hora de abrir, definitivamente, la época del supranacionalismo y de la constitución de un polo de poder propio en América Latina y el Caribe, por el bien de nuestros pueblos y del equilibrio del mundo. Iniciemos la “época dichosa de nuestra regeneración” con la que soñaba Bolívar en su Carta de Jamaica.